lunes, 16 de agosto de 2010

Nosotros no.

Aquella tarde, cuando tintinearon las campanillas de los teletipos y fue repartida la noticia como un milagro, los hombres de todas las latitudes se confundieron en un solo grito de triunfo. Tal como había sido predicho doscientos años antes, finalmente el hombre había conquistado la inmortalidad en 2168.
Todos los altavoces del mundo, todos los trasmisores de imágenes, todos los boletines, destacaron esta gran revolución biológica. También yo me alegré, naturalmente, en un primer instante.
¡Cuánto habíamos esperado este día!
Una sola inyección, de diez centímetros cúbicos, era todo lo que hacía falta para no morir jamás. Una sola inyección, aplicada cada cien años, garantizaba que ningún cuerpo humano se descompondría nunca. Desde ese día sólo un accidente podría acabar con una vida humana. Adiós a la enfermedad, a la senectud, a la muerte por desfallecimiento orgánico.
Una sola inyección, cada cien años.
Hasta que vino la segunda noticia, complementaria de la primera. La inyección sólo surtiría efecto entre los menores de veinte años. Ningún ser humano que hubiera traspasado la edad del crecimiento podría detener su descomposición interna a tiempo. Sólo los jóvenes serían inmortales. El gobierno federal mundial se aprestaba ya a organizar el envío, reparto y aplicación de las dosis a todos los niños y adolescentes de la tierra. Los compartimientos de medicina de los cohetes llevarían a las ampolletas a las más lejanas colonias terrestres del espacio.
Todos serían inmortales.
Menos nosotros, los mayores, los adultos, los formados, en cuyo organismo la semilla de la muerte estaba ya definitivamente implantada.
Todos los muchachos sobrevivirían para siempre. Serían inmortales, y de hecho, animales de otra especie. Ya no seres humanos: su sicología, su visión, su perspectiva, eran radicalmente diferentes a las nuestras.
Todos serían inmortales. Dueños del universo por siempre jamás. Libres. Fecundos. Dioses.
Nosotros no. Nosotros, los hombres y mujeres de más de veinte años, somos la última generación mortal. Éramos la despedida, el adiós, el pañuelo de huesos y sangre que ondeaba por última vez, sobre la faz de la tierra.
Nosotros no. Marginados de pronto, como los últimos abuelos, de pronto nos habíamos convertido en habitantes de un asilo para ancianos, confusos conejos asustados entre una raza de titanes. Estos jóvenes, súbitamente, comenzaban a ser nuestros verdugos sin proponérselo. Ya no éramos sus padres. Desde ese día, éramos otra cosa; una cosa repulsiva y enferma, ilógica y monstruosa; éramos Los Que Morirían. Aquellos Que Esperaban la Muerte. Ellos derramarían lágrimas, ocultando su desprecio, mezclándolo con su alegría. Con esa alegría ingenua con la cual expresaban su certeza de que ahora, ahora sí todo tendría que ir bien.
Nosotros solo esperábamos. Los veríamos crecer, hacerse hermosos, continuar jóvenes y prepararse para la segunda inyección... una ceremonia -que nosotros ya no veríamos- cuyo carácter religioso se haría evidente. Ellos no se encontrarían jamás con Dios. El último cargamento de almas rumbo al más allá, era el nuestro.
¡Ahora cuánto nos costaría dejar la tierra! ¡Cómo nos iría carcomiendo una dolorosa envidia! ¡Cuántas ganas de asesinar nos llenarían el alma, desde hoy y hasta el día de nuestra muerte!
Hasta ayer. Cuando el primer chico de quince años, con su inyección en el organismo, escogió suicidarse. Cuando llegó esa noticia, nosotros, los mortales, comenzamos recién a amar y comprender a los inmortales.
Porque ellos son unos pobres renacuajos condenados a prisión perpetua en el verdoso estanque de la vida. Perpetua. Eterna. Y empezamos a sospechar que dentro de 99 años, el día de la segunda inyección, la policía saldrá a buscar a miles de inmortales para imponérsela.
Y la tercera inyección, y la cuarta, y el quinto siglo, y el sexto; cada vez menos voluntarios, cada vez más niños eternos que imploran la evasión, el final, el rescate. Será horrenda la cacería. Serán perpetuos miserables.
Nosotros, no.

Que estás vacio de liberacion y estás muy lleno de represión

VACÍA. Estoy VACÍA. Nadie entiende, nadie escucha. Supongo que una vez más, y no me sorprende, estoy sola. No los juzgo, no les echo las cosas en cara, yo jamás los dejaría solos.

domingo, 20 de junio de 2010

Algunos recuerdos invaden mi mente.

Algunos recuerdos invaden mi mente. Estoy acá presa pagando por una injusticia. Ya no vale la pena esforzarse por recordar. Esos oídos vacíos que no oyen. Aquellas personas sin rostro, mintiendo para que mi cuerpo se desenvuelva en la locura. Ya no tengo dignidad, la perdí hace unos años. Aquellas plegarias que invoque demostrándole a mis rodillas el suelo y a mis ojos el cielo, de nada sirvieron. Solo soy un estorbo a la naturaleza y un rejunte de ideas vanidosas y orgullosas que con el tiempo se transformaron en mucho menos que el olvido. Paso mis tardes viendo la triste ventada abarrotada creyendo que con una débil mirada desesesperada voy a conseguir mi tranquilidad. Mi ser se desvanece tras el deseo de desaparecer. Aun son frescas esas palabras que me condenaron a este lugar. Todavía puedo ver sus rostros y escuchar sus llantos. Saborear el desconcierto y oler el miedo. Ya son quince años de recuerdos dolorosos. Este es el momento en el que digo adiós. Mis huesos se pulverizan y mi carne se derrite. Al fin soy libre de decidir y yo decidí mi muerte. Al fin, mi larga agonía acabó.

lunes, 12 de abril de 2010

GRACIAS

JAJA, gracias por poner mala cara, por tratar de querer ser lo mas, lo mas fuerte, lo mas superado. Gracias por siempre tratar de que te chupe el orto, gracias por ser tan buena con migo. Gracias por ser celosa, envidiosa, vanidosa, egoísta, la verdad, que me hace falta muchísima gente que sea así. No sé, no sé que más hacer, no se quién sos, no se qué querés, no se nada de vos, sos una desconocida. Ya no damos para más, hablamos y re hablamos de todo, te dije lo que me pasaba, lo que sentía y lo que me hacias sentir, ufff, pero que lindas que son mis palabras cuando salen del orto de una personas llenas de mierda.
 Gracias amiga, gracias.

viernes, 2 de abril de 2010

Hipócrita

Odio la hipocrecia pero a veces es infaltable, ¿O me equivoco? Te tengo que ver, te tengo que saludar, abrazar, contarte de mi vida, cuando vos te cagaste en mi. ¿Todo por qué? Por sus ganas de joder, de sentir que tiene poder, de que todavia alguien la merece. El amor siempre le ganó al miedo, es algo que nunca entienden.
Pero mi plazo ya vencio, mi corazon, mi respeto, mi mente, mi todo le pertenecen a otras personas y por más de que ahora me digas que me quieras y que me compres un par de pelotudeces no vas a hacer que eso vuelva.
Me hiciste mucha falta, me dejaste sola, te extrañé, te quise, te tuve esperanza. Pero ya está. Ya aprendi, ya encontre candela, ya tengo a gente que me quiera. No me haces falta.

sábado, 27 de marzo de 2010

Animales

A veces se plantea que la igualdad animal es una idea utópica, que es imposible que todo el mundo sea vegano, que siempre se ha explotado a los animales y que se seguirá haciendo... pero que no podamos erradicar una injusticia por completo no justifica que participemos en ella. Aunque no los veamos, los laboratorios donde ensayan nuevos fármacos, los mataderos, las redes de pesca, están ahí y continúan suponiendo la muerte y sufrimiento de millones de animales cada hora. Podemos cambiar el destino de miles de individuos si dejamos de participar en su explotación. Cuando decidimos no consumir productos de origen animal, no vestirnos con su piel o pelo, no acudir a espectáculos que los utilicen, la igualdad animal deja de ser utópica para convertirse en realidad. Realidad para todos los animales que no morirán para acabar en nuestro plato o en nuestros pies convertidos en zapatos. Realidad porque supone un escalón más hacia el cambio social que buscamos: el fin de la discriminación hacia los demás animales: el fin del especismo.
Uno de los pasos más importantes y eficientes para ayudar a los demás animales es dejar de utilizarles. La demanda que realizamos de productos y servicios que provienen de su utilización como recursos hace que estos sean criados, confinados y matados. Pensemos un momento en Inglaterra, donde hay más de 250.000 veganos. Pensemos que mañana deciden todos comer animales. Está claro que tendrían que ser criados y matados muchísimos más animales para satisfacer esa demanda. Esto nos indica que cada vez que alguien se hace vegano, está en cierta forma salvando la vida a muchos otros animales que padecerían diversos sufrimientos y finalmente serían matados por sus hábitos de vida.
A diferencia de otros movimientos de liberación, en éste los individuos oprimidos no pueden amotinarse,organizar manifestaciones... son esclavos desde el momento en el que nacen hasta el que mueren. Miles de animales mueren cada segundo, es necesario y urgente que alcemos la voz por ellos, que contribuyamos a que más gente cuestione el especismo y lo supere. Hablar con nuestros amigos o familiares sobre el tema, organizar una charla en nuestro instituto, dejar folletos en bibliotecas, pedir que en el restaurante de la facultad haya opción vegetariana, son actos que sin duda ayudan a infinidad de ellos. Cuanto más acceso tengamos a información, más probabilidades habrá de que otros pongan fin a su utilización.

http://www.igualdadanimal.org/activismo